El primer holocausto moderno.
No es agradable tener que reconocer que el actual Estado secular turco nació en una época turbulenta que coincidió con la matanza, por motivos raciales, de más de un millón de ciudadanos del imperio otomano. Pero ése es el sentir común de todos los historiadores que han buceado en el drama de la minoría armenia en 1915. Después del Holocausto judío, el armenio es el segundo genocidio más estudiado de la Historia.
Pese a ello, hasta la fecha sólo 21 Estados -uno más tras la suma de EE.UU.- han reconocido oficialmente el genocidio aún a riesgo de enturbiar sus relaciones con el Gobierno turco. España figura en el bloque de los «pragmáticos» que se oponen a utilizar el término, más aún ahora que la Alianza de las Civilizaciones de Rodríguez Zapatero parece haber sellado los lazos de Madrid con Ankara.
El imperio otomano contaba en 1914, poco antes del estallido de la Primera Guerra, con unos tres millones de ciudadanos armenios, tradicionalmente conocidos como «Millet-i-Sadika», la «nación leal». A lo largo de los siglos, esta minoría había demostrado su capacidad para vivir en armonía con el resto de las etnias del imperio, pese a que por su condición cristiana se les trataba como ciudadanos de segunda («dhimmi») y se les sometía a impuestos oficiales.
La fiebre nacionalista del siglo XIX en todas las etnias del imperio produjo las dos primeras olas de matanzas de civiles armenios, instalados sobre todo en el sureste de la península de Anatolia. Pero el auténtico proyecto de exterminio, calculado desde el partido en el poder, se gestó y desarrolló en 1915, un año después del estallido de la Gran Guerra que iba a poner fin al imperio otomano.
Las fuentes documentales coinciden en algunos datos esenciales. El genocidio armenio fue proyectado por el comité central del partido de los Jóvenes Turcos, dominado entonces por Mehmed Talat, Ismail Enver y Ahmed Djemal. Se trataba de un grupo ultranacionalista con una base racista heredada del pensamiento de varios intelectuales. La matanza sistemática de armenios -considerados como enemigos del Estado y de la nación en guerra- se puso en manos de una Organización Especial («Teskilati Mahsusa), que creó batallones de asesinos formados en muchos casos por criminales reclutados en las prisiones.
Hagan fila.
Igual que años más tarde con el Holocausto judío, el genocidio armenio se llevó a cabo por fases. La primera consistió en desarmar a todos los armenios que servían en el Ejército otomano, situarlos en batallones de trabajo y a continuación ejecutarlos. Después vinieron los intelectuales y los dirigentes políticos, en su mayor parte residentes en Constantinopla, hoy Estambul; fueron encarcelados y posteriormente asesinados.
Por último, la gran masacre. Aldeas enteras de armenios fueron desalojadas y sus pobladores murieron en su camino al destierro de hambre y sed; los que no perecieron en el desierto fueron rematados por sus verdugos. En la costa del Mar Negro las autoridades otomanas variaron la rutina: los armenios fueron cargados como ganado en barcazas, que se hundieron en alta mar.
Turquía admite la existencia de matanzas en las que murieron decenas de miles de armenios, pero las califica de «interétnicas», propias de un país desconcertado por la Gran Guerra, y nunca de un proyecto de genocidio calculado fríamente por el Gobierno. Ésa ha sido, no su política, sino su dictado desde 1918. El artículo 301 de su código penal establece penas de cárcel para quienes se arriesguen a calificar de «genocidio» la tragedia de los armenios de Turquía.
La intolerancia turca en este punto -como en otros- explica el interés de muchos países en no remover el pasado para no crearse conflictos con Ankara. No sólo de los gobiernos occidentales. También la paupérrima ex república soviética de Armenia desea obviar la cuestión para rehacer sus relaciones económicas y diplomáticas con Turquía. «Dejen que los turcos lleguen por sí mismos a la verdad», dicen sus representantes, molestos con el «lobby» de potentados armenios en la diáspora. Lo malo es que mientras se mantenga vigente la ley mordaza del artículo 301 va a ser difícil que los turcos lleguen por sí solos a ver la luz al final del túnel.