Prisiones vigila si los musulmanes leen ‘Gara’.
La consigna es vigilar todo indicio, todo gesto, y dar parte. Instituciones Penitenciarias no quiere sustos, y por eso ha hecho llegar desde hace varios meses a un grupo reducido de funcionarios de prisiones un manual de 89 páginas sellado como “confidencial” y en el que se les indica cómo detectar la deriva radical de los internos.
Hay síntomas. Si en un cacheo un funcionario observa una cicatriz y piensa que el recluso fue herido en Afganistán, Irak, Chechenia o Bosnia, debe fotografiarla y comunicarlo a la dirección. También tendrá que tomar imágenes de las celdas si en ellas ve colgados textos sagrados.
Otra señal: el Gara. Los presos musulmanes, advierte el manual, pueden sentir la necesidad de reforzar sus convicciones acudiendo a publicaciones abertzales o extremistas, ya que “encuentran en estas apoyo a su visión del mundo y sus métodos de acción”.
Los empleados de las cárceles han de controlar cualquier cambio de actitud que observen en los presos musulmanes. Por ejemplo, si comienzan a rezar cinco veces al día cuando con anterioridad apenas oraban, o si susurran las suras del Corán cuando trabajan con otros compañeros en áreas comunes como cocina o lavandería. También es sospechoso que no acudan al recuento por coincidir este con sus rezos, a sabiendas de que pueden ser sancionados.
El texto destaca otras circunstancias posibles: que el interno no estreche más la mano de una educadora social por el hecho de ser mujer, que se afeite por completo el cuerpo, se rape la cabeza o se deje crecer la barba. Todo detalle vale. De ahí que el manual avise de que no basta con vigilar a los reclusos radicalizados, sino también a los presos comunes susceptibles de ser captados para la Yihad. “La alta concentración de internos musulmanes” en los penales, dice el documento, “favorece las actividades de proselitismo y radicalización”.
Las alarmas saltaron en Interior cuando dos meses después del 11-M se detuvo a un grupo de islamistas que quería volar la Audiencia Nacional y se formó en la prisión de Topas (Salamanca). La estancia en la cárcel conduce a la “reflexión interior” y la religión “minimiza y mitiga” el “fracaso” vital que los musulmanes pueden sentir al verse privados de libertad.